Tomás Casademunt

La muerte en el altar

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Por: Haydeé Segura

Olores, colores y sabores distintos, son la más clara representación del paso a la otra vida para los mexicanos. Contrario a lo que se pueda pensar, en nuestro país celebramos y honramos a la muerte, que ha sido benévola al dejarnos habitar la tierra por un rato más, y en tributo a ese favor, le obsequiamos ofrendas llenas de vida, alegoría y tradición, ¿Paradójico?

Muchos han sido los artistas que han plasmado mediante su obra, los sentimientos que desprende un duelo; sensaciones que van desde la más profunda tristeza y el llanto, hasta el sarcasmo y la risa.

Tomás Casademunt fotógrafo y reportero gráfico, que ha dedicado dos décadas de su existencia a la búsqueda incansable de esos sentimientos, ha llevando su lente por distintas regiones del país y del mundo, capturando la esencia más pura del hombre.

Después de siete años de exhaustiva investigación, logró una obra de extraordinaria belleza y magnífica concepción, colocándose como un artista de primer nivel.

Ha realizando múltiples exposiciones fotográficas, siendo “La muerte en el altar” una de las más importantes de su carrera, por el enorme esfuerzo que esta significa; en ella nos permite penetrar en la intimidad de los hogares del pueblo y el luto que se vive; moradas en donde no importa el tiempo que ha pasado, en el que sus muertos seguirán formando parte importante de la familia y de su ser.

Altares propios en los que aun se respira la muerte mezclada con el aroma del incienso y el cempasúchil; fotografías de seres queridos que retornan sólo para ver qué habrá de comer; papel picado que baila al son del viento y veladoras en pequeños vasitos de vidrio que iluminan los caminos de los ausentes.

Se crea o no, aun después de años, se sienten las presencias y se sabe que están de fiesta y visita, por eso se arregla la casa con sus mejores galas… Esto, Tomás lo ha sabido plasmar en papel, reuniendo una excelsa serie fotográfica sin más encuadres que los que le dio el corazón… de la muerte.más franca con la muerte: las que preservan la memoria viva, año con año, de los muertos propios, de los seres queridos que ya no están, resistiéndose a que se diluya su aliento con el paso de los días y sus tormentas. quedo de nuevo en casa para ofrecerle a mi padre los más olorosos quesos y las flores de mi jardín”.

“Contemplo estas ofrendas y pienso en los amigos muertos, bajo las sombras que la casa cobija: todos ellos son un mismo muerto, todas las casas una misma casa. Los rostros en las fotografías, imponiéndose en un mar de flores, en una reconstrucción de la vida con todos sus colores, frente a la tosquedad de la muerte.

La mayoría de los altares de muertos con los que me topé en los pasados ocho años, en mi terca y accidentada búsqueda por los caminos de México ajenos al mapa, están dedicados a hombres y hechos por mujeres. No es casual que sean ellas, que tienen el privilegio de dar la vida, las que tengan una relación más franca con la muerte: las que preservan la memoria viva, año con año, de los muertos propios, de los seres queridos que ya no están, resistiéndose a que se diluya su aliento con el paso de los días y sus tormentas.

Son altares confeccionados con paciencia y cariño, como las sopas y los manteles: una experiencia íntima que invade el hogar, imponiendo la densidad de los pólenes, el dulce aroma de los moles y piloncillos, que son ofrecidos primero a los muertos de casa. Son días de tristeza y júbilo, de pituitaria y nostalgia, compartidos en un silencio de muerte, silueteado por el etéreo copal.

Tras estos años de búsqueda intuitiva y azarosa, este dos de noviembre me quedo de nuevo en casa para ofrecerle a mi padre los más olorosos quesos y las flores de mi jardín”.

Tomás Casademunt

 

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